El ego ha corrompido la naturaleza humana, transformando la fraternidad en transacción y sumiéndonos en un profundo exilio espiritual.
El primer síntoma no es el ruido, sino la temperatura; una helada invisible se extiende cuando dos personas se dan la mano y, en lugar de sentir el pulso de la vida ajena, sus mentes ejecutan instintivamente una auditoría silenciosa de costos y beneficios, reduciendo la sangre tibia del encuentro a la frialdad metálica de una transacción fallida antes siquiera de comenzar.
Existe una especie de frío interior que se ha instalado en la vida moderna, una frialdad que no tiene nada que ver con el clima, sino con el estado del alma humana. Si observamos con sinceridad cómo vivimos hoy, notaremos que algo esencial se ha roto en la forma en que nos relacionamos unos con otros. Antes, la cercanía entre las personas era como un tejido vivo; hoy parece más bien un conjunto de piedras sueltas, rodando juntas pero sin tocarse realmente. Lo que impera es una actitud de guardia alta, una sospecha constante donde cada uno cuida su propio territorio, su propio tiempo y sus propios recursos con una ansiedad que nos desgasta por dentro. Hemos llegado a creer que la independencia total es el mayor logro de la vida, confundiendo la soledad con la libertad y el egoísmo con la inteligencia.
Esta atmósfera se respira en lo cotidiano. Caminamos por las calles sin mirar a los ojos a quien pasa, evitamos el saludo al vecino para no "comprometernos", y si alguien nos pide un favor pequeño, nuestra mente empieza inmediatamente a calcular qué perdemos con ello. Se nos ha enseñado, de forma muy sutil, que ocuparse de uno mismo es lo único importante, y que el bienestar de los demás es un problema ajeno. Esta actitud va secando el corazón. Poco a poco, la capacidad natural de sentir empatía —esa chispa que nos hace humanos— se va apagando bajo capas de indiferencia y cálculo personal. Vivimos en una paradoja dolorosa: nunca hemos estado tan conectados tecnológicamente, y sin embargo, a nivel espiritual, nunca hemos estado tan aislados los unos de los otros.
Para comprender la magnitud y lo absurdo de esta desconexión, utilicemos la imaginación. Pensemos en situaciones que no son reales, sino metáforas, imágenes mentales que nos ayudan a ver con claridad lo que a veces nos cuesta admitir sobre nuestra propia sociedad.
Imaginen por un momento a un grupo de amigos que decide irse de camping a la montaña para descansar y convivir. Imaginemos que, al llegar al lugar, en vez de colaborar para armar el campamento, uno de ellos saca una libreta y anuncia las tarifas: "Si quieres que te ayude a clavar las estacas de tu tienda, son diez monedas. Si necesitas que te pase el agua, son cinco. Si quieres sentarte cerca de mi fuego, hay un costo por hora". En esta escena imaginaria, lo que debería ser una experiencia de unión y alegría se convierte en una pesadilla de transacciones. La fraternidad desaparece. Ya no son amigos compartiendo la vida, son comerciantes regateando supervivencia. Si viéramos esto, diríamos que están locos, que han perdido el juicio y el sentido de la amistad.
Ahora, llevemos la imaginación a un lugar aún más sagrado: la familia. Visualicen una casa donde un hijo, al ver a su madre cansada cargando una canasta pesada, le dice: "Te ayudo, pero mi tarifa por cargar peso es tanto". O una madre que le dice al hijo: "Si quieres un consejo sobre tu tristeza, te cobro la consulta". Nos estremece solo de pensarlo porque, intuitivamente, sabemos que el amor filial y la sangre no tienen precio, que en el hogar rige la ley del amor y no la del mercado. Estas escenas son exageraciones, metáforas diseñadas para provocar una reacción, pero la tristeza radica en que la sociedad "moderna y exitosa" se parece cada vez más a ese camping absurdo y cada vez menos a un hogar verdadero. Estamos llevando esa lógica de cobro y cálculo a rincones del alma donde nunca debería haber entrado.
Lo más inquietante de este panorama es que no se presenta como un error o una decadencia, sino que se vende como una virtud. Existe un discurso moral distorsionado que valida este comportamiento. Se nos dice que pensar solo en uno mismo es "amor propio", que endurecer el corazón es "poner límites saludables", y que ver al otro como una competencia es "tener mentalidad ganadora". El ego, esa parte de la mente que se siente separada de todo, se alimenta de estas ideas. El ego nos convence de que dar sin recibir es de tontos, que la generosidad es debilidad y que la única forma de estar seguros es acumular más que los demás y necesitar menos de ellos.
Esta filosofía del "yo primero y yo después" provoca una herida profunda en la estructura invisible de la humanidad. Desde una visión trascendental, la humanidad no es un montón de individuos separados, sino una sola gran vida expresándose a través de muchos cuerpos. Cuando esa unidad se olvida, el alma entra en conflicto con su propia naturaleza. El ser humano está diseñado, desde su fibra más íntima, para la cooperación y el dar. Somos como células de un mismo cuerpo; si una célula decide que las demás no le importan y empieza a acaparar toda la energía para sí misma, el cuerpo enferma. Eso es lo que sentimos hoy: una enfermedad del espíritu colectivo manifestada como ansiedad, soledad y vacío existencial.
El olvido de nuestra esencia compartida nos lleva a vivir a la defensiva. El miedo ocupa el trono donde debería estar la confianza. Cuando se pierde la noción de que "somos uno", el otro se convierte inevitablemente en una amenaza o en un instrumento. Ya no vemos a un hermano de existencia, vemos a alguien que quiere algo de nosotros o alguien de quien podemos sacar algo. Esta visión instrumental de la vida es lo que verdaderamente nos empobrece, no la falta de dinero, sino la falta de humanidad.
Recuperar el sentido de la vida implica recordar lo que las antiguas tradiciones siempre supieron: que la verdadera abundancia no es lo que se retiene, sino lo que fluye. El sol entrega su luz sin pasar factura, el árbol da su sombra sin preguntar quién se cobija bajo ella. Esa es la ley de la vida. Cuando el ser humano vuelve a dar desinteresadamente, no por obligación, sino por comprensión de que es parte del todo, algo se sana por dentro. Se rompe el cascarón del egoísmo y la vida vuelve a circular. La solidaridad, entonces, deja de ser un deber moral pesado y se convierte en la alegría natural de saberse parte de algo más grande que uno mismo. Esa es la memoria ancestral que necesitamos despertar para dejar de ser extraños en un camping absurdo y volver a ser familia en la gran casa de la existencia.

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