Un análisis operativo sobre cómo la alabanza atrofia la consciencia y por qué la adversidad transmutada es la clave del despertar espiritual.
Existe un sabor secreto en la adulación, un dulzor viscoso que adormece la voluntad, del mismo modo que existe un sabor acre en el insulto que despierta la carne viva de lo real; aprender a distinguir estos sabores en el paladar del alma es la única alquimia capaz de transformar el banquete venenoso del mundo en el pan sobrio de la libertad.
La creencia convencional de que un elogio constituye un acto de bondad entre sujetos conscientes es una de las alucinaciones más dañinas de la cultura. Al despojar la interacción social de su velo sentimental, lo que se revela no es afecto, sino una operación cibernética entre autómatas: un ego emisor, programado para la seducción, proyecta datos hacia un ego receptor configurado para la validación. Esta distinción ontológica es absoluta y anula toda nobleza del acto. No estamos ante generosidad, sino ante un agregado psíquico de manipulación lanzando una moneda falsa a un agregado de vanidad. Es un comercio de espectros en una ciudad desierta de Ser, y comprender esto es fundamental para desentrañar por qué la "bendición" social es, en su mecánica profunda, un veneno contra el despertar.
Esta coreografía de fantasmas es el tejido de la existencia inconsciente, diagnosticada clínicamente en el Eclesiastés: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Ecl 1:2). Traducido a psicología operativa, "vanidad" es sinónimo de manifestación egoica; bajo el sol del comportamiento ordinario, todo es una recurrencia de patrones inflándose mutuamente. Cuando un ego alaba y otro agradece, se cumple la sentencia salomónica: viento persiguiendo al viento. No hay sustancia ni Ser, solo polvo de autoimportancia girando en el vacío. Reconocer el escenario social como este campo de vanidades es esencial para dejar de tomar en serio el juego de los halagos.
El emisor del halago, lejos de ser generoso, actúa movido por la insuficiencia y la necesidad de estabilizar su mundo ilusorio. Alaba para ser aceptado, para desarmar agresiones y, sobre todo, para confirmar su identidad de "sujeto amable". Es una estrategia de supervivencia de la máscara. Este ego sufre la misma inexistencia real que el receptor; teje redes de aprobación verbal para mitigar el terror al silencio cósmico. El adulador no es un santo, sino un mendigo disfrazado de rey que implora confirmación de su propia existencia. Esta dinámica crea un circuito de retroalimentación patológica: dos espejos deformados reflejándose ad infinitum. El adulador actúa como carcelero del adulado y viceversa, protegiéndose mutuamente de la fricción necesaria para despertar. Es un pacto de narcosis mutua, confirmando que "lo torcido no se puede enderezar" (Ecl 1:15) mientras se opere desde el ego.
Es vital distinguir que esta comprensión no implica que el practicante deba convertirse en verdugo de los egos ajenos. Una Consciencia despierta jamás usa la agresión como herramienta no solicitada. El individuo consciente respeta el principio de no interferencia: no valida fantasías con halagos, pero tampoco viola el espacio psicológico ajeno con ataques. La maestría reside en la neutralidad impecable y el silencio digno, dejando que sea la Vida la que administre el "mal" beneficioso necesario para la evolución.
Para el receptor, sin embargo, el análisis es crucial. La vida moderna es un gimnasio psicológico involuntario abierto permanentemente. Cada interacción es un aparato de ejercicios donde los halagos funcionan como pesas falsas de poliestireno; no ofrecen resistencia y, por ende, atrofian el músculo de la consciencia, volviendo al ego adicto a la facilidad. Si nuestra fuerza depende de la alabanza, seremos criaturas frágiles que se desmoronan ante la crítica. El ego, parásito interno, se nutre de esta atención porque carece de fuente de vida propia. La Consciencia pura simplemente Es y no requiere validación; quien disfruta el halago es siempre el ego. Al "decir algo bueno" de la máscara, inyectamos energía a la patología de la identificación.
La estrategia no es promover la maldad, sino erigir una defensa interna. Vivimos bajo fuego cruzado: lisonjas sedantes por un flanco, proyectiles de rechazo por el otro. Ambos buscan secuestrar la atención. La preparación exige desarrollar una alarma basada en el "sabor" del ego. El elogio tiene un sabor dulce y embriagador ("Yo Soy Más"); la crítica, un sabor ácido y contractivo ("Yo Soy Menos"). La Consciencia posee el sabor neutro del agua clara. El objetivo es permanecer en esa neutralidad mientras el mundo ofrece miel y vinagre, rechazando abrir la puerta de la identificación ante cualquier energía externa.
Bajo este rigor, la transmutación ante el "mal" cobra sentido operativo. Existe una inversión moral radical: el "bien" al ego nos perjudica y el "mal" al ego es un benefactor secreto. Esto ilumina la instrucción de Jesús: "No resistáis al que es malo; [...] vuélvele también la otra [mejilla]" (Mt 5:39). Lejos del masoquismo o la cobardía, esto describe una técnica de alquimia psicológica. La reacción mecánica al golpe es la defensa, que solidifica al ego. "Volver la otra mejilla" es la disposición interna a que la vanidad sea destruida. Es exponer el ego al fuego del insulto sin barreras, permitiendo que el veneno disuelva la máscara para liberar al Ser.
Ofrecer la otra mejilla demuestra que el gimnasio funciona. El iniciado recibe el golpe, transmuta la energía cinética en calor espiritual y no devuelve más que silencio o compasión consciente, rompiendo la cadena kármica. La energía del odio se agota ante el vacío de una consciencia que no se ofende porque ha renunciado a defender su imagen. Recibir estos golpes con apreciación técnica marca la madurez espiritual; la adversidad es el único cincel capaz de tallar el diamante del alma. El practicante utiliza a sus enemigos para transmutar energía densa en paciencia, templanza y auto-recuerdo.
Así, la gratitud se redirige estratégicamente. La gratitud esencial comprende que "Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios" (Ecl 7:5). El enemigo inconsciente a menudo nos señala con exactitud nuestras debilidades; el sabio agradece el diagnóstico y trabaja en él, entendiendo que quien pide pesas ligeras se condena a la debilidad. Debemos alertarnos ante la "bondad social" del adulador crónico, un narcotraficante de lisonjas que crea un invernadero de irrealidad donde la verdad no sobrevive. Ante la lisonja excesiva, la defensa debe activarse para no inhalar el gas anestésico. Mantener la cabeza clara ante la alabanza es un ejercicio de soberanía exigente.
El ego que se cree "bueno" por halagar es la cúspide de la vanidad, confundiendo miedo al conflicto con espiritualidad. Pero la rectitud llega por el fuego de la verdad, no por el azúcar. Amar a los enemigos (Mt 5:44) es pragmático: los amamos funcionalmente porque tienen la crudeza para aplicar el solvente que despega nuestra máscara.
La preparación integral consiste en moverse por el mundo como un fantasma para los egos ajenos —intocable— y como una presencia sólida para la propia Consciencia. Interactuar con suavidad exterior y firmeza interior, devolviendo sonrisas sobrias ante halagos y la otra mejilla ante insultos. Todo se reduce a la digestión de impresiones. Si las procesamos con el ego, nos envenenamos; si lo hacemos con la Consciencia y la no-resistencia, cada evento se vuelve pan para el alma. Así, aquel que el mundo niega termina conquistando el Reino interno de lo Real.

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