Olvida el "Yo Superior", es una trampa del ego. La libertad real está en el Ser, despertando la consciencia más allá del automatismo.
El lenguaje que usamos para nombrar nuestro mundo interior no es un mapa neutral; es el arquitecto de nuestra propia prisión o la llave de nuestra liberación. Al nombrar a nuestra esencia más profunda "Yo Superior", sin darnos cuenta, le ponemos un nuevo barrote dorado a la jaula del ego, creyendo que la hemos trascendido. La verdadera libertad no comienza mejorando la celda, sino reconociendo una verdad simple y devastadora: no somos el prisionero, sino el cielo abierto en el que la prisión entera es apenas una nube pasajera.
En el corazón de la búsqueda espiritual yace una confusión terminológica que desvía a innumerables buscadores: la distinción entre el "Yo Superior" y "El Ser". Aunque bien intencionado, el término "Yo Superior" es una trampa, pues mantiene el foco en el "Yo", el principio mismo de separación y ego. Sugiere una versión mejorada de nuestra personalidad, un ego más virtuoso o sabio, pero sigue siendo una entidad limitada. Es como aspirar a cambiar una celda de hierro por un palacio de mármol; sin duda más agradable, pero sigue siendo una prisión con muros. La liberación real no es mejorar la jaula, sino darse cuenta de que nuestra verdadera naturaleza no es la jaula, sino el espacio ilimitado.
La terminología precisa distingue entre "El Yo" y "El Ser". El Ser es la Consciencia universal, indivisible e impersonal, el tejido de la existencia misma. El Yo es un nudo temporal en ese tejido, un centro de experiencia que se percibe como separado. Una ola en el océano es un "Yo"; el océano entero es "El Ser". La ola es una manifestación temporal del océano, pero el océano no es una "ola superior". Por ello, la afirmación "Yo Soy" es la voz de la ola, mientras que "Soy el que Soy" es el océano reconociéndose a sí mismo a través de la ola. La primera refuerza el ego; la segunda lo disuelve.
El Yo, o ego, no es intrínsecamente malo. Es un mecanismo de supervivencia, un autómata diseñado para navegar el mundo físico. Su directiva es simple: buscar el placer y evitar el dolor. Es una armadura psicológica forjada por la experiencia para proteger al organismo. El problema surge con la desmesura (hybris), cuando este sirviente se convierte en tirano. Esto ocurre de dos formas: la búsqueda compulsiva del placer, que se convierte en adicción y avaricia, y la evitación fóbica del dolor, que se transforma en parálisis y miedo al cambio. La armadura se vuelve tan rígida que impide el movimiento.
La tragedia culmina cuando nos identificamos con el mecanismo. Dejamos de tener una armadura y creemos que somos la armadura. Nuestra identidad se define por las reacciones de este autómata. El camino para salir de esta prisión no es una guerra contra el Yo, lo cual es una estrategia del propio Yo. La única salida es el despertar de la consciencia: la capacidad de observar el funcionamiento del mecanismo sin identificarse con él. La consciencia es la luz que ilumina la maquinaria.
Sin el desarrollo de esta consciencia, liberarse del ego es peligroso. Sería como un bebé que, sin noción del peligro, gatea hacia un abismo. Su inocencia es vulnerabilidad, no sabiduría. El despertar de la consciencia crea un espacio entre el estímulo y la reacción automática. En ese espacio nace la libertad.
Mientras se vive identificado con el Yo, el libre albedrío es una ilusión. Las "decisiones" son en realidad reacciones pre-programadas, como una marioneta que se enorgullece de los movimientos que el titiritero le impone. El verdadero libre albedrío solo es posible en el espacio creado por la consciencia, cuando podemos observar un impulso y elegir una respuesta diferente, una que nace de la sabiduría del presente y no de la programación del pasado.
Alcanzar este estado de libertad de forma permanente es la meta de la autorrealización. Sin embargo, es un logro raro. El conocimiento necesario para este viaje a menudo está oculto, no por malicia, sino porque requiere una sinceridad y madurez que pocos poseen. Una antigua máxima lo resume: "De mil que me buscan, uno me encuentra; de mil que me encuentran, uno me sigue; de mil que me siguen, uno es mío". El camino es arduo porque implica la muerte de la identidad ilusoria para que la realidad del Ser pueda manifestarse.
El viaje es, en esencia, un retorno a lo simple: corregir el lenguaje, observar el mecanismo del Yo sin juicio y cultivar la consciencia. Es el camino desde la reacción automática a la acción libre, desde la ilusión de la separación al reconocimiento de que somos la Consciencia misma que experimenta a través de una forma temporal.

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