La humanidad vive en un sueño profundo, una hipnosis colectiva. Despertar la Consciencia es la única salida a la crisis mundial.
El estado que se ha dado en llamar vigilia no es más que una forma sutil y elaborada del sueño. La totalidad de la humanidad, con excepciones tan raras que confirman la regla, se encuentra sumergida en un estado de hipnosis profunda, un sonambulismo psicológico del que no tiene la menor noticia. Un individuo puede levantarse por la mañana, realizar complejas tareas profesionales, mantener conversaciones, experimentar emociones y, al final del día, regresar al descanso físico, convencido de haber vivido una jornada en estado de plena consciencia. Sin embargo, desde una perspectiva operativa y fundamental, no ha estado más despierto que un autómata ejecutando su programación. La consciencia, entendida como la capacidad de darse cuenta de sí mismo y de los procesos interiores en el instante en que ocurren, permanece inactiva, una luz latente en una habitación a oscuras. El ser humano promedio posee apenas una fracción infinitesimal de esta capacidad despierta; la casi totalidad de su mundo interior es un vasto territorio de subconsciencia, un océano de automatismos que dictan cada uno de sus pensamientos, sentimientos y acciones.
Esta condición mecánica es la característica central del sueño. El individuo reacciona, nunca actúa. Los eventos del mundo exterior son estímulos que impactan en su maquinaria psíquica y producen respuestas predecibles y repetitivas. Una palabra áspera activa el mecanismo de la ira; un halago pone en marcha el resorte del orgullo; la visión de un objeto deseado desencadena el programa de la codicia. No hay un director en el centro de control; solo una serie de aparatos que se encienden y apagan en función de los impulsos que reciben. El individuo se identifica por completo con estas reacciones. Cuando siente ira, declara "estoy enojado", sin percatarse de la colosal imprecisión de tal afirmación. No es él quien está enojado; es un mecanismo de ira el que se ha apoderado temporalmente de la máquina humana. Él, el Ser real, la Consciencia, es el testigo que podría observar ese mecanismo, pero al estar dormido, se funde con él, se convierte en él, pierde toda distancia y toda posibilidad de control.
El engaño más profundo de este estado es su propia invisibilidad. La inconsciencia genera una ilusión de consciencia. Este fenómeno, análogo en el plano psicológico a ciertos sesgos cognitivos documentados por la ciencia donde la incompetencia impide al incompetente reconocer su propia falta de habilidad, es el sello de la prisión. El durmiente sueña que está despierto. Cree que elige sus pensamientos, cuando estos aparecen y desaparecen en su mente como nubes arrastradas por vientos que desconoce. Cree que controla sus emociones, cuando en realidad es arrastrado por ellas como una barca sin timón en medio de una tempestad. Su vida entera, sus afectos, su trabajo, sus luchas y sus placeres, se desenvuelven dentro de los confines de este sueño. La ciencia psicológica moderna, al estudiar el estado de vigilia como el máximo exponente de la consciencia, comete un error de categoría fundamental: confunde el funcionamiento del aparato con la presencia del operador. Desde una óptica trascendental, la Consciencia no tiene relación directa con el estado de vigilia fisiológico; es una dimensión del Ser, una facultad de percepción objetiva que permanece dormida tanto si el cuerpo duerme como si está activo. La causa que perpetúa este sueño es la fascinación: la identificación hipnótica con cada una de las cosas de la vida. Como un niño absorto por el movimiento de un carrusel, la Consciencia queda atrapada en el girar incesante de los deseos, los placeres, los sufrimientos y los miedos, olvidándose de sí misma y de su naturaleza original.
En la estructura más íntima de cada ser humano reside una Esencia, un principio de luz pura y naturaleza impersonal. Es lo único real, lo verdaderamente digno, un fragmento de la gran Consciencia universal. Esta Esencia puede ser comparada con un diamante de pureza absoluta, capaz de reflejar la totalidad de la luz del cosmos, o con una gota de agua prístina que contiene en su composición la información de todo el océano. Sin embargo, en el estado actual de la humanidad, este diamante no brilla libremente. Esta gota de agua no fluye en su estado original. La Esencia se encuentra fragmentada, embotellada, prisionera dentro de una multiplicidad de estructuras psicológicas densas y opacas. Estas estructuras son los defectos, los hábitos mecánicos, los condicionamientos: la ira, la codicia, la lujuria, la envidia, el orgullo, la pereza, la gula y sus innumerables derivados. Cada uno de estos "agregados psíquicos" es como un recipiente de cristal oscuro y deforme que encierra en su interior una porción de esa luz.
Este conjunto de prisiones es lo que constituye el ego, el falso yo. No es una entidad única, sino una legión. Cuando un individuo dice "yo", no se refiere a una unidad permanente, sino a cualquiera de estos agregados que en ese momento ha tomado el control de la máquina humana. Por ello el ser humano es un ser contradictorio: el "yo" que por la mañana hace una promesa es distinto del "yo" que por la tarde la rompe. El "yo" que siente un impulso de generosidad es suplantado minutos después por un "yo" de avaricia. Cada uno de estos agregados es una entidad psicológica completa, con sus propios pensamientos, deseos y voluntad. Cuando la Consciencia está atrapada dentro de uno de ellos, se procesa de manera subjetiva, se tiñe con el color del recipiente que la contiene. Si la porción de luz está atrapada en el agregado de la envidia, todo lo que perciba del mundo exterior estará filtrado por esa vibración. El éxito ajeno será visto como una injusticia, el talento de otro como una amenaza. La realidad objetiva es distorsionada hasta volverse irreconocible. La Esencia, funcionando a través de este condicionamiento, produce percepciones deformadas y absurdas, impidiendo la experiencia de la verdad. La iluminación, que no es otra cosa que la percepción objetiva y directa de lo Real, es imposible mientras la luz permanezca encarcelada de esta forma.
Las consecuencias de vivir en este estado de sueño son directas y devastadoras para la experiencia vital del individuo. Mientras la Consciencia permanece dormida, es estructuralmente incapaz de experimentar lo Real. La Verdad, esa realidad fundamental que subyace al mundo de las apariencias, no es un concepto filosófico ni un artículo de fe, sino una dimensión de la existencia que solo puede ser percibida directamente. Pero esta percepción requiere de sentidos que no son los físicos; requiere de las facultades de la Consciencia despierta. Un individuo puede pasar su vida entera acumulando conocimiento, leyendo textos sagrados o debatiendo ideas metafísicas, pero mientras su Consciencia esté dormida, será como un ciego de nacimiento que intenta comprender la naturaleza de la luz a través de ecuaciones matemáticas. Puede describir el espectro electromagnético, pero jamás podrá experimentar la vivencia del color rojo. Lo Real está "más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente". Es una vibración que solo puede ser sintonizada cuando se ha hecho el silencio interior, cuando el ruido incesante de los agregados psicológicos ha cesado. Por tanto, el individuo dormido no puede ver, oír, tocar ni palpar los grandes misterios de la vida y de la muerte. Puede teorizar sobre Dios o sobre lo que ocurre tras el cese de las funciones corporales, pero no puede saber nada con certeza, pues el órgano del saber, la Consciencia objetiva, está atrofiado.
Del mismo modo, la felicidad auténtica le está vedada. El ser humano dormido confunde sistemáticamente la felicidad con el placer. El placer es siempre una sensación externa y transitoria, dependiente de un estímulo. Es el sabor de un alimento, la excitación de una conquista, la satisfacción de un halago. Por su propia naturaleza, es efímero. Una vez que el estímulo cesa, la sensación desaparece, dejando a menudo un vacío y un anhelo por su repetición. La sociedad de consumo entera está construida sobre esta confusión, ofreciendo un carrusel infinito de estímulos placenteros para mantener a la Consciencia fascinada y dormida. La felicidad, en cambio, no es una sensación, sino un estado del Ser. Es una paz y una plenitud que emanan del interior, independientes de las circunstancias externas. Es el sol que brilla perpetuamente detrás de las nubes de los acontecimientos. Quien tiene la Consciencia despierta puede experimentar esta felicidad incluso en medio de la adversidad, pues su centro de gravedad no está en el mundo exterior, sino en su propio Ser interior.
La consecuencia final y más palpable de este sueño es la impotencia existencial. Un individuo con la Consciencia dormida no es el director de su propia vida, sino una marioneta de las circunstancias. Es como una hoja seca arrastrada por el viento, creyendo que elige su dirección. Su estado de ánimo es un barómetro que simplemente refleja la presión atmosférica del exterior. Si los eventos le son favorables, se siente eufórico; si son desfavorables, se deprime. No posee un centro de voluntad consciente desde el cual pueda determinar su respuesta a los acontecimientos. Es una víctima perpetua de su entorno, de las acciones de los demás, de su propia salud, de su situación económica. La verdadera libertad no es la capacidad de hacer lo que se desea —pues los deseos mismos son la voz de los agregados que nos esclavizan—, sino la capacidad de no ser afectado interiormente por aquello que no se puede controlar exteriormente. Esta soberanía interior es el atributo exclusivo de una Consciencia despierta.
El fin de este sueño cósmico no es un destino inevitable, sino una posibilidad que debe ser conquistada a través de un trabajo deliberado y de rectos esfuerzos. El proceso para terminar con el "Sueño de la Consciencia" se denomina el Despertar de la Consciencia, y su única vía es la disolución de las estructuras que mantienen a la luz prisionera. Este trabajo es la Muerte Psicológica, la aniquilación de cada uno de los agregados que constituyen el ego. No es un proceso de represión, donde un defecto es simplemente enviado al sótano de la psique, sino un proceso de desintegración total a través de la comprensión profunda. Es análogo al trabajo de un cirujano que extirpa un tumor, no al de quien simplemente lo cubre con un vendaje.
Cada vez que un individuo, a través de la auto-observación rigurosa en el laboratorio de su propia vida, logra identificar un agregado en acción —la impaciencia que surge en el tráfico, la vanidad que busca reconocimiento, el miedo que paraliza— y lo somete al bisturí de la comprensión sin justificarlo ni condenarlo, ese agregado pierde fuerza. Si el trabajo es continuo y sostenido, el agregado finalmente se desintegra. En ese preciso instante, el porcentaje de Consciencia que estaba embotellado en su interior es liberado. Es como si una pequeña luz se encendiera en el panel de control interior. La suma de estas liberaciones graduales produce un aumento de la Auto-Consciencia. El individuo comienza a experimentar momentos de lucidez, de percepción directa, en los que es capaz de verse a sí mismo y al mundo sin el filtro distorsionador del ego.
Este proceso, repetido incansablemente, conduce a una transformación radical. Una Consciencia que ha sido totalmente liberada de sus prisiones se convierte en Consciencia Objetiva, en Consciencia Iluminada. Es el diamante finalmente limpio de toda impureza, que ahora puede reflejar la realidad sin distorsión alguna. La percepción subjetiva es reemplazada por la percepción objetiva. El individuo ya no ve el mundo a través de sus traumas, prejuicios y deseos, sino que lo ve tal como es. La experiencia de la Verdad deja de ser un anhelo para convertirse en su estado natural de ser. El despertar absoluto, la liberación del ciento por ciento de la Consciencia, conduce a un estado de omnisciencia, la percepción total y simultánea de la realidad en todas sus dimensiones. Es la culminación del propósito de la existencia humana: la transformación de un autómata en un Hombre consciente.
El estado de sueño de la Consciencia no es un asunto privado; es una catástrofe planetaria. El estado del mundo exterior es una proyección matemática y exacta del estado del mundo interior de sus habitantes. La inmensa mayoría de la humanidad, operando con un mínimo porcentaje de consciencia despierta y una abrumadora masa de subconsciencia, proyecta su propio caos interior hacia el exterior, generando el panorama de crisis que hoy es evidente. Las guerras no nacen en los campos de batalla, sino en la psique de los individuos donde habitan la ira, el odio y el miedo. La polarización política y la incapacidad de diálogo no son problemas de ideología, sino el resultado directo de millones de individuos que son incapaces de escuchar porque su percepción está totalmente filtrada por el agregado del orgullo o del prejuicio. La corrupción endémica y la explotación del hombre por el hombre son la consecuencia inevitable de una humanidad movida por el agregado de la codicia, incapaz de ver más allá de la gratificación inmediata. Cada acto de crueldad, cada injusticia, cada mentira, tiene su raíz en un agregado psicológico específico que opera desde la oscuridad de la inconsciencia.
La humanidad, colectivamente hipnotizada, se comporta como un solo y gigantesco sonámbulo que camina hacia el abismo. Los individuos, aunque afirmen desear la paz, marchan a la guerra sugestionados por propagandas que apelan a sus más bajos instintos. Se consideran criaturas racionales y libres, pero son, en la práctica, robots biológicos que responden de forma predecible a los estímulos, incapaces de dirigir sus propias circunstancias y, por extensión, las circunstancias colectivas. La ignorancia que este estado produce es abismal. No solo se ignoran los misterios de la vida y de la muerte, sino la propia naturaleza de la realidad inmediata. La ciencia confirma que el ser humano solo percibe una millonésima parte de los fenómenos físicos que ocurren a su alrededor. Esta ceguera física es un pálido reflejo de la ceguera psicológica, que impide ver la realidad del mundo y de uno mismo.
Este estado de inconsciencia generalizada está íntimamente ligado al fin de un ciclo cósmico. La civilización actual, habiendo llegado a un punto de máxima materialidad y mínima espiritualidad, se encuentra en un estado de caducidad. Los principios han quebrado, el caos aumenta y el planeta mismo muestra signos de agotamiento. La aproximación de una catástrofe final no es un castigo divino, sino una consecuencia entrópica, la ley natural que dicta que todo sistema que pierde su principio organizador y su energía tiende a la desintegración. La única fuerza que podría revertir esta entropía es la Consciencia.
El despertar de la Consciencia es, por tanto, el único punto de inflexión posible. No se requiere que la totalidad de la humanidad despierte. La Consciencia es una energía de un orden superior a la de la mecanicidad. Una pequeña cantidad de luz organizada puede tener un efecto desproporcionado sobre una gran masa de oscuridad caótica. Si un núcleo de individuos, incluso un porcentaje aparentemente insignificante, lograra despertar tan solo un diez por ciento de su Consciencia, el impacto en el campo psíquico del planeta sería tan profundo que las guerras se volverían inviables. Una masa crítica de comprensión y objetividad se introduciría en la consciencia colectiva, neutralizando las vibraciones del odio y el conflicto. Si la humanidad alcanzase un umbral del cincuenta por ciento de Consciencia despierta, la Tierra se transformaría en un paraíso, no por un cambio mágico en las condiciones externas, sino porque la mitad de las acciones humanas estarían guiadas por la sabiduría, la compasión y la armonía.
El camino hacia este despertar no es la evolución, que es un proceso mecánico de la naturaleza, ni la involución, que es la desintegración también mecánica. Es una tercera vía: la Revolución de la Consciencia. Es un trabajo activo, individual, que requiere un conocimiento preciso y una aplicación heroica. Existe un umbral de Consciencia que separa al ser humano mecánico de aquel que es verdaderamente considerado por la divinidad. Por debajo de este umbral, la existencia del individuo, sin importar sus creencias o logros mundanos, no es distinta de la de un mineral o una bestia a los ojos de lo Absoluto; no es tenido en cuenta. Solo al alcanzar un porcentaje mínimo de Consciencia despierta, un ser humano es inscrito en la realidad del espíritu y pasa a formar parte del verdadero pueblo de Dios: aquellos cuya voz es escuchada. No es una cuestión de creencia, sino de trabajo sobre sí mismo. El individuo que emprende esta revolución interior, que lucha por disolver sus propios defectos para liberar su luz, no solo trabaja por su propia liberación, sino que conquista la dignidad de Ser, convirtiéndose en una entidad real ante la divinidad, un pilar de Consciencia en un mundo fundamentado en el sueño de las máquinas.

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