China: ¿Comunista o Capitalista? La Verdad Detrás de la Ideología

El debate sobre si China es comunista o capitalista es un espejismo semántico. La realidad es un híbrido de autoritarismo y capitalismo.

En el vasto teatro de las ideas humanas, pocas contiendas se libran con la ferocidad y la ceguera de aquellas que giran en torno a las etiquetas. Son estas, las palabras convertidas en estandartes, las que a menudo nos impiden contemplar el paisaje real que pretenden describir, aprisionando el pensamiento en las celdas de una nomenclatura simplista. Y en ninguna parte es este drama intelectual más palpable que en el eterno y fútil debate sobre la verdadera naturaleza de China. ¿Comunista o capitalista? La pregunta misma es una trampa, un espejismo semántico que nos invita a elegir entre dos fantasmas, mientras la realidad, vasta, compleja y pragmática, fluye indiferente a nuestras categorías. Para el observador occidental, educado en la dialéctica de los opuestos ideológicos, esta dicotomía parece ser el único mapa posible. Para la civilización china, sin embargo, la política es una fuerza de la naturaleza, como el monzón o el curso de un río: no se la debate, se la navega; no se la juzga, se adapta uno a ella. La obsesión por clasificarla es un pasatiempo extranjero, una extraña tormenta en una taza de té que ellos observan con una mezcla de perplejidad y cortesía distante.

El núcleo de esta confusión monumental, la grieta tectónica sobre la que se asientan todos los análisis erróneos, reside en una incapacidad fundamental para distinguir entre la arquitectura del poder y el motor de la economía. Se confunde el sistema político con el modelo económico como si fueran una sola e indivisible entidad. Cuando se observa que el Estado chino ejerce un control férreo sobre los medios de comunicación, comanda el ejército con mano de hierro o interviene sectores estratégicos, el observador occidental, condicionado por la propaganda de la Guerra Fría, exclama: "¡Comunismo!". Pero este es un error de diagnóstico de una profundidad abisal. Tales atributos no son el ADN exclusivo del comunismo; son las características universales del autoritarismo, en cualquiera de sus innumerables formas a lo largo de la historia. ¿Acaso la España de Franco, que controlaba con igual celo la prensa y las industrias clave, era comunista? La pregunta se responde a sí misma, revelando el absurdo. Un sistema político define cómo se distribuye y se ejerce el poder: puede ser una monarquía, una república, una teocracia o, como en el caso chino, un sistema de partido único con un profundo centralismo burocrático. El modelo económico, por otro lado, define cómo se organiza la producción, la distribución y el consumo de la riqueza. Y es aquí donde la China moderna se revela no como la heredera de Marx, sino como su más formidable antítesis.

Para comprender la metamorfosis china, es imperativo viajar en el tiempo hasta la figura de Deng Xiaoping, el verdadero arquitecto de la nación que hoy conocemos. Purgado, humillado y acosado por los guardianes de la ortodoxia maoísta, Deng emergió de las cenizas de la Revolución Cultural no como un ideólogo, sino como un pragmático supremo, un hombre cuya visión estaba anclada en la supervivencia y la prosperidad de su pueblo, no en la pureza de un dogma que había demostrado ser catastrófico. Su célebre aforismo, "¿Qué más da si el gato es blanco o negro mientras cace ratones?", no fue una simple frase ingeniosa; fue la declaración de defunción de la ideología como principio rector de la economía china. Fue el permiso filosófico para abandonar el manual comunista y abrazar cualquier herramienta, por muy capitalista que fuera, que sirviera al propósito de sacar a cientos de millones de la miseria. Deng fue un maestro estratega. En lugar de derribar los ídolos del pasado, lo que habría provocado una guerra civil, mantuvo la efigie de Mao en Tiananmén y preservó la retórica del "socialismo", rebautizándolo astutamente como "socialismo con características chinas". Este último término es una obra maestra del despojo conceptual: una frase que permite vaciar por completo de contenido una palabra, conservando únicamente su cáscara para apaciguar a los viejos cuadros del partido mientras, en la práctica, se desataba la más colosal ola de desregulación, competencia y acumulación de capital que el mundo jamás haya visto.

Y así, bajo la bandera roja del comunismo, floreció un sistema que haría sonrojar a los pioneros del capitalismo del siglo XIX. Un sistema donde la meritocracia se convirtió en una religión, la cultura del esfuerzo en un pilar innegociable y la explotación del hombre por el hombre en un motor de crecimiento tolerado y hasta fomentado. La China que crecía a doble dígito no lo hizo construyendo un estado de bienestar, sino desmantelando los pocos vestigios que quedaban. No había redes de seguridad. El trabajador que enfermaba era desechado; el que no producía, era reemplazado. Se permitió que "algunos se enriquecieran primero", en palabras del propio Deng, abrazando la teoría del derrame que la izquierda occidental demoniza. Este es el corazón de la paradoja: la China que tantos comunistas occidentales admiran fue forjada sobre principios que son la negación absoluta de todo lo que ellos dicen defender. No admiran su modelo económico, que desconocen o ignoran deliberadamente; admiran, sin saberlo o sin querer admitirlo, su sistema político: el autoritarismo. Les fascina la capacidad de un poder centralizado para imponer su voluntad sin las fricciones de la democracia, una fascinación que, irónicamente, comparten con ciertos sectores de la "extrema derecha" que ven en China el modelo de una corporación nacional eficiente y sin disidencia.

La insistencia en la etiqueta "comunista" se sostiene sobre pilares cada vez más endebles. Uno de ellos es el nombre del partido gobernante, un argumento de una ingenuidad pasmosa. Es como afirmar que un club deportivo llamado "Gimnasia y Esgrima" debe dedicarse exclusivamente a esas disciplinas, ignorando que su fama y su actividad principal residen en un equipo de fútbol profesional. Las instituciones, como los organismos vivos, evolucionan, y sus nombres a menudo se convierten en fósiles de una era pasada, reliquias de una intención fundacional que la realidad ha superado por completo. Otro argumento, más sofisticado pero igualmente falaz, es el que presenta al capitalismo chino como una mera "fase inicial" o "poscapitalista" en el camino hacia el verdadero comunismo, citando oscuros pasajes de Marx. Esta es una maniobra intelectual desesperada, un cambio de portería a mitad del partido. Si se acepta esta premisa, entonces habría que admitir que el capitalismo de Estados Unidos o Europa, con sus robustos estados de bienestar, sus derechos laborales y su redistribución de la riqueza, está en una fase mucho más avanzada hacia el socialismo que el capitalismo salvaje de China. Pero esta conclusión lógica nunca es aceptada por los defensores de la quimera, porque su lealtad no es hacia una teoría coherente, sino hacia un símbolo, hacia una bandera, hacia una narrativa de oposición a Occidente.

La prueba definitiva, la que disuelve toda discusión teórica, es la experiencia tangible de la China contemporánea. Es un universo de consumo desenfrenado, de especulación inmobiliaria que ha creado algunas de las ciudades más caras del planeta, de innovación tecnológica impulsada por una competencia feroz y de una desigualdad social abismal. Es un lugar donde el capital fluye con una libertad y una velocidad que asombran, donde un ultrarrico puede exhibir una opulencia que sería criticada en Nueva York y, paradójicamente, ser aplaudido por los mismos intelectuales occidentales que defienden el "comunismo" chino. El verdadero modelo chino no es un plan quinquenal diseñado por un burócrata iluminado; es la energía desatada de mil millones de personas trabajando con una intensidad y una ambición que Occidente ha olvidado, bajo un sistema político que canaliza esa energía hacia los objetivos del Estado sin permitir que el debate político la frene. Es autoritarismo con un motor capitalista.

Por tanto, la pregunta inicial estaba mal formulada. No se trata de elegir entre comunismo o capitalismo. Se trata de reconocer una criatura nueva, un híbrido formidable que ha tomado el esqueleto del control político leninista y le ha inyectado el torrente sanguíneo del mercado más dinámico del mundo. Seguir atrapados en el debate de las viejas etiquetas no es solo un error intelectual; es una ceguera voluntaria ante la fuerza que está redefiniendo el siglo XXI. Como reza el antiguo proverbio chino, "Lo que oyes puede ser falso; lo que ves con tus propios ojos es real". Y lo que se ve en China, para quien tenga el coraje de mirar sin el velo de la ideología, no es el fantasma de Marx, sino el rostro vibrante, complejo y a menudo despiadado de una nueva forma de ser en el mundo.



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